
fuente: hibbary.deviantart.com
Una de las virtudes o de los defectos que padece el arte o cualquier profesión gráfica es su condición totalmente subjetiva: virtud por la cual es capaz de conmover, emocionar e influenciar a quien lo observa y defecto porque, con facilidad, se cae en el vicio del “me gusta” o “no me gusta” porque si, sin ningún juicio de valor objetivo. En este punto los trabajadores de artes gráficas nos encontramos con una montaña de críticos poseedores de la verdad absoluta de su propia subjetividad. Esto no tiene por qué ser esencialmente pernicioso para el creativo (englobemos en este término algo soberbio, aunque justificable, a todos los profesionales dedicados a la imagen): puede suponer un acicate para mejorar, un impulso para buscar nuevas vías creativas, o simplemente el inicio de un debate que rompa tus estructuras establecidas y te plantee una forma nueva de enfocar tu trabajo. Esto suele ser resultado de una crítica constructiva o, mejor expresado, de un acercamiento constructivo del creativo a una crítica que puede ser constructiva o no serlo tanto.
Sin embargo, dada precisamente esa subjetividad intrínseca de las profesiones creativas, las más de las veces nos encontramos con bofetadas verbales del tipo “esto es una mierda”, “repitelo, no me gusta”, “para ésto te pago”, etc. Aún con esta gente podemos lidiar si,efectivamente, son nuestros pagadores (y podemos lavarnos mentalmente las manos sabiendo que ese cuadro hortera de su abuelita, esa web chillona, ese logotipo irrelevante o ese sofá ridículo al final hablará peor del cliente que de nosotros mismos). El verdadero problema es cuando nos topamos con los adalides del buen gusto y los caballeros de la verdad absoluta.
Esta gente suele estar aureolada de bellas palabras y una exquisita dialéctica, ser puntillosos en extremo (hasta un punto compulsivo) y poseer un grado moderado de éxito, aunque éste puede variar enormemente: puede ser un alto cargo de una compañía, un estudiante modelo, un ingeniero de una rara especialidad o un carnicero con una clientela medianamente alta y la colección de los premios Planeta de los últimos tres años. Estas personas, en aras de un ego y una soberbia característica, no dudarán en hacernos partícipes de sus opiniones (únicas válidas en su estrecha frente) y zaherirnos con lo que consideran nuestros errores (sean estos reales o no) sin más objetivo que el de demostrar su propia superioridad y alimentar su creencia en sí mismo como un ser excelso poseedor del conocimiento sumo en todos los ámbitos. Estas criaturas superlativas creen ciertamente que es su derecho y responsabilidad moral poner en evidencia lo que ellos consideren los fallos de todos los seres que juzgan mediocres e inferiores a ellos, en un acto de paternalismo de pandereta donde la potestad de erigirse como juez de conocimientos superiores no viene de una base académica o formativa, una práctica prolongada en la profesión que critica o un estudio, exahustivo a pesar de informal, del área tratada. Tampoco vienen, por norma general, por la petición del creativo de opinión respecto a su obra, o por que este crítico patológico sea el consumidor final de la realización o el superior directo ( y por tanto de opinión formada e informada) del autor: viene sólo de su propia altanería, de esa presunción de pertenecer a una casta superior de preponderancia intelectual.
Y, unido intrinsecamente a éste deseo de predominio erudito, hay tambien un deseo vejatorio de hundir al creativo, de bloquearlo y, finalmente, apartarlo de su hacer, condenandolo a la inactividad o a acabar convertido en una mera herramienta de las ideas de otro. Este afán malsano sea quizá un remanente de inseguridades, una pobreza de espíritu, una carencia de inquitudes, una autoestima exigua o, llanamente, una muestra de pura vileza interior camuflada de sublimidad. Sea cual sea el caso, hay que evitar verse afectado por este ensañamiento, librarse de que consiga ese objetivo último de aislarnos de nuestra creatividad, pues no sólo les dará una victoria inmerecida (pitanza para su crecido ego), sino que nos anulará como profesionales y como personas, conquista postrera que ansian.
Así pues, creativo, si por desgracia has de encontrarte con estos críticos, toma de sus palabras sólo aquello que consideres útil o cierto, ignora sus ansias destructivas y no alimentes su avidez por la controversia, intenta mejorar siempre (por ti mismo, por tu desarrollo personal y profesional), trabaja, disfruta de lo que haces y, sobre todo, que nunca te roben la ilusión.
Rett Middelmådig
(Prometo volver a actualizar en breve: han sido tiempos complicados
)




